domingo, 15 de maio de 2016

10. Pedro Páramo: Había estrellas fugaces - Juan Rulfo

Juan Rulfo




10. Pedro Páramo: Había estrellas fugaces





Había estrellas fugaces. Las luces en Comala se apagaron.

Entonces el cielo se adueñó de la noche.

El padre Rentería se revolcaba en su cama sin poder dormir: 

«Todo esto que sucede es por mi culpa -se dijo-. El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque ésta es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago. Así ha sido hasta ahora. Y éstas son las consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que me quieren y que me han dado su fe y me buscan para que yo interceda por ellos para con Dios. ¿Pero qué han logrado con su fe? ¿La ganancia del cielo? ¿O la purificación de sus almas? Y para qué purifican su alma, si en el último momento... Todavía tengo frente a mis ojos el último momento... Todavía tengo frente a mis ojos la mirada de María Dyada, que vino a pedirme salvara a su hermana Eduviges: 

»-Ella sirvió siempre a sus semejantes. Les dio todo lo que tuvo. Hasta les dio un hijo, a todos. Y se los puso enfrente para que alguien lo reconociera como suyo; pero nadie lo quiso hacer. Entonces les dijo: «En ese caso yo soy también su padre, aunque por casualidad haya sido su madre». Abusaron de su hospitalidad por esa bondad suya de no querer ofenderlos ni de malquistarse con ninguno. 

»-Pero ella se suicidó. Obró contra la mano de Dios. 

»-No le quedaba otro camino. Se resolvió a eso también por bondad. 

»-Falló a última hora -eso es lo que le dije-. En el último momento. ¡Tantos bienes acumulados para su salvación, y perderlos así de pronto! 

»-Pero si no los perdió. Murió con muchos dolores. Y el dolor... Usted nos ha dicho algo acerca del dolor que ya no recuerdo. Ella se fue por ese dolor. Murió retorcida por la sangre que la ahogaba. Todavía veo sus muecas, y sus muecas eran los más tristes gestos que ha hecho un ser humano. 

»-Tal vez rezando mucho. 

»-Vamos rezando mucho, padre. 

»-Digo tal vez, si acaso, con las misas gregorianas; pero para eso necesitamos pedir ayuda, mandar traer sacerdotes. Y eso cuesta dinero. 

»Allí estaba frente a mis ojos la mirada de María Dyada, una pobre mujer llena de hijos. 

»-No tengo dinero. Eso lo sabe, padre. 

»-Dejemos las cosas como están. Esperemos en Dios. 

»--Sí, padre.» 

¿Por qué aquella mirada se volvía valiente ante la resignación? Qué le costaba a él perdonar, cuando era tan fácil decir una palabra o dos, o cien palabras si éstas fueran necesarias para salvar el alma. ¿Qué sabia él del cielo y del infierno? Y sin embargo, él, perdido en un pueblo sin nombre, sabía los que habían merecido el cielo. Había un catálogo. Comenzó a recorrer los santos del panteón católico comenzando por los del día: «Santa Nunilona, virgen y mártir; Anercio, obispo; santas Salomé viuda, Alodia o Elodia y Nulina, vírgenes; Córdula y Donato». Y siguió. Ya iba siendo dominado por el sueño cuando se sentó en la cama: «Estoy repasando una hilera de santos como si estuviera viendo saltar cabras». 

Salió fuera y miró el cielo. Llovían estrellas. Lamentó aquello porque hubiera querido ver un cielo quieto. Oyó el canto de los gallos. Sintió la envoltura de la noche cubriendo la tierra. La. tierra, «este valle de lágrimas». 



-Más te vale, hijo. Más te vale-me dijo Eduviges Dyada. Ya estaba alta la noche. La lámpara que ardía en un rincón comenzó a languidecer; luego parpadeó y terminó apagándose. 

Sentí que la mujer se levantaba y pensé que iría por una nueva luz. Oí sus pasos cada vez más lejanos. Me quedé esperando.

Pasado un rato y al ver que no volvía, me levanté yo también. Fui caminando a pasos cortos, tentaleando en la oscuridad, hasta que llegué a mi cuarto. Allí me senté en el suelo a esperar el sueño. 

Dormí a pausas. 

En una de esas pausas fue cuando oí el grito. Era un grito arrastrado como el alarido de algún borracho: «¡Ay vida, no me mereces!». 

Me enderecé de prisa porque casi lo oí junto a mis orejas; pudo haber sido en la calle; pero yo lo oí aquí, untado a las paredes de mi cuarto. Al despertar, todo estaba en silencio; sólo el caer de la polilla y el rumor del silencio. 

No, no era posible calcular la hondura del silencio que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera vaciado de su aire. Ningún sonido; ni el del resuello, ni el del latir del corazón; como si se detuviera el mismo ruido de la conciencia. Y cuando terminó la pausa y volví a tranquilizarme, retornó el grito y se siguió oyendo por un largo rato: «Déjenme aunque sea el derecho de pataleo que tienen los ahorcados!». 

Entonces abrieron de par en par la puerta. 

-¿Es usted, doña Eduviges? -pregunté-. ¿Qué es lo que está sucediendo? ¿Tuvo usted miedo? 

-No me llamo Eduviges. Soy Damiana. Supe que estabas aquí y vine a verte. Quiero invitarte a dormir a mi casa. Allí tendrás donde descansar. 

-¿Damiana Cisneros? ¿No es usted de las que vivieron en la Media Luna? 

-Allá vivo. Por eso he tardado en venir. 

-Mi madre me habló de una tal Damiana que me había cuidado cuando nací. ¿De modo que usted...? 

-Sí, yo soy. Te conozco desde que abriste los ojos. 

-Iré con usted. Aquí no me han dejado en paz los gritos. ¿No oyó lo que estaba pasando? Como que estaban asesinando a alguien. ¿No acaba usted de oír? 

-Tal vez sea algún eco que está aquí encerrado. En este cuarto ahorcaron a Toribio Aldrete hace mucho tiempo. Luego condenaron la puerta, hasta que él se secara; para que su cuerpo no encontrara reposo. No sé cómo has podido entrar, cuando no existe llave para abrir esta puerta. 

-Fue doña Eduviges quien abrió. Me dijo que era el único cuarto que tenía disponible: 

-¿Eduviges Dyada? 

-Ella. 

-Pobre Eduviges. Debe de andar penando todavía.




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El mexicano Juan Rulfo (1918-1986) figura, a pesar de la brevedad de su obra, entre los grandes renovadores de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. De formación autodidacta, trabajó como guionista para el cine y la televisión. Con sólo dos obras de ficción publicadas -el libro de relatos El llano en llamas y la novela Pedro Páramo-, ha ejercido una decisiva influencia en la literatura en castellano del último medio siglo. En 1983 recibió el premio Príncipe de Asturias de las Letras.


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10. Pedro Páramo: Havia estrelas cadentes




Havia estrelas cadentes. As luzes de Comala se apagaram. 

Então o céu tomou conta da noite. 

O padre Rentería se revirava na cama sem conseguir dormir: — 

Tudo isso que está acontecendo é por minha culpa — disse a si mesmo. — O temor de ofender os que me apoiam. Porque a verdade é esta; eles me mantêm. Dos pobres não consigo nada; orações não enchem barriga. Assim foi até agora. E estas são as consequências. Minha culpa. Eu traí aqueles que gostam de mim e que me deram sua fé e que me procuram para que eu interceda por eles diante de Deus. Mas o que conseguiram com sua fé? Ganharam o céu? Ou a purificação de suas almas? E purificar as almas para quê, se no último momento... Ainda tenho diante de meus olhos o olhar de Maria Dyada, que veio pedir que eu salvasse sua irmã Eduviges: 

“— Ela sempre serviu aos seus semelhantes. Deu a eles tudo que teve. Até um filho deu, a todos. E o colocou na frente de todo mundo para ver se alguém o reconhecia como seu; mas ninguém quis fazer isso. Então ela disse a eles: ‘Neste caso, eu também sou o pai, mesmo que por coincidência também seja a mãe.’ Abusaram da sua hospitalidade por causa daquela sua bondade de não querer ofender nem ser malquista por ninguém. 

“— Mas ela se suicidou. Obrou contra a mão de Deus. 

“— Era a única saída. E decidiu isso por causa da sua bondade. 

“— Falhou no momento final — foi isso que eu disse a ela. — No último instante. Tantos bens acumulados para a sua salvação, e perdeu tudo de repente! 

“— Mas é que não perdeu. Morreu cheia de muitas dores. E a dor... O senhor nos falou uma coisa sobre a dor, que eu não lembro mais. Ela foi-se embora por causa dessa dor. Morreu retorcida pelo sangue que a afogava. Ainda vejo sua cara, e sua cara era o gesto mais triste jamais feito por um ser humano. 

“— Talvez se a gente rezar muito. 

“— Pois vamos rezando muito, padre. 

“— Digo talvez, quem sabe?, com as missas gregorianas; mas para isso precisamos pedir ajuda, mandar vir sacerdotes. E tudo custa dinheiro. 

“Lá estava, na frente dos meus olhos, o olhar de Maria Dyada, uma pobre mulher cheia de filhos. 

“— Não tenho dinheiro. O senhor sabe disso, padre. 

“— Então vamos deixar as coisas do jeito que estão. Vamos esperar em Deus. 

“— Está bem, padre. 

Por que aquele olhar tornava-se valente diante da resignação? O que custava a ele perdoar, quando era tão fácil dizer uma ou duas palavras, ou cem, se fossem necessárias para salvar a alma? Que sabia ele do céu e do inferno? E no entanto ele, perdido num povoado sem nome, sabia quem tinha merecido o céu. Havia um catálogo. Começou a percorrer os santos do panteão católico, a começar pelos do dia: “Santa Nunilona, virgem e mártir; Anercio, bispo; Santas Salomé, viúva, Alódia ou Elódia e Nulina, virgens; Córdula e Donato.” E continuou. Já começava a ser dominado pelo sono quando se sentou na cama: “Estou repassando uma fileira de santos como se estivesse vendo carneiros saltarem.” 

Saiu da casa e olhou o céu. Choviam estrelas. Lamentou aquilo, porque teria gostado de ver um céu quieto. Ouviu o canto dos galos. Sentiu a envoltura da noite cobrindo a terra. A terra, “este vale de lágrimas”. 



Melhor assim, meu filho. Melhor assim — me disse Eduviges Dyada. 

A noite já estava alta. A lâmpada que ardia num canto começou a languescer; depois pestanejou e acabou se apagando. 

Senti que a mulher se levantava e achei que estava indo atrás de uma nova luz. Ouvi seus passos cada vez mais distantes. Fiquei esperando. 

Passado um tempo e ao ver que não voltava, eu também me levantei. Fui caminhando a passos curtos, tateando na escuridão, até que cheguei no meu quarto. E lá me sentei no chão para esperar o sono. 

Dormi aos trancos. 

Num desses trancos ouvi o grito. Era um grito arrastado feito o alarido de algum bêbado: “Ai vida minha, você não me merece!” 

Eu me ergui rapidamente, porque ouvi aquilo quase que grudado nas minhas orelhas; pode ter sido na rua; mas eu ouvi aqui, colado às paredes do meu quarto. Ao despertar, estava tudo em silêncio; apenas o cair das mariposas noturnas e o rumor do silêncio. 

Não, não era possível calcular a fundura do silêncio que produziu aquele grito. Como se a terra tivesse se esvaziado do seu ar. Nenhum som; nem o do suspiro, nem o da batida do coração; como se até o ruído da consciência tivesse parado. E quando terminou a pausa e tornei a me tranquilizar, o grito voltou e pude continuar a ouvi-lo por um bom tempo: “Que me deixem ao menos o direito que os enforcados têm, o de agitar as pernas!” 

Então a porta se abriu de par em par. 

— É a senhora, dona Eduviges? — perguntei. — O que é que está acontecendo? A senhora sentiu medo? 

— Não me chamo Eduviges. Sou Damiana. Soube que você estava aqui e vim vê-lo. Quero convidá-lo para dormir na minha casa. Lá você terá onde descansar. 

— Damiana Cisneros? A senhora não era uma das que moravam na Media Luna? 

— Eu moro lá. Por isso demorei a chegar aqui. 

— Minha mãe me falou de uma tal de Damiana que tinha cuidado de mim, quando eu nasci. Quer dizer que a senhora... 

— Sou eu, sim. Conheço você desde que abriu os olhos. 

— Pois eu vou com a senhora. Aqui os gritos não me deixaram em paz. A senhora ouviu o que está acontecendo? É como se estivessem assassinando alguém. A senhora não acabou de ouvir agora mesmo? 

— Pode ser algum eco que ficou preso aqui. Neste quarto enforcaram Toribio Aldrete faz muito tempo. Depois taparam a porta, até que ele secasse; para que seu corpo não encontrasse repouso. Não sei como é que você conseguiu entrar, porque não existe chave para abrir esta porta. 

— Foi dona Eduviges que abriu para mim. Ela me disse que era o único quarto que estava disponível. 

— Eduviges Dyada? 

— Ela. 

— Coitada da Eduviges. Deve estar vagando em pena até agora.





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Rulfo, Juan Pedro Páramo / tradução e prefácio de Eric Nepomuceno. — Rio de Janeiro: BestBolso, 2008. Tradução de: Pedro Páramo ISBN 978-85-7799-116-7 1. Romance mexicano. I. Nepomuceno, Eric. II. Título

Pedro Páramo – Romance mais aclamado da literatura mexicana, Pedro Páramo é o primeiro de dois livros lançados em toda a vida de Juan Rulfo. O enredo, simples, trata da promessa feita por um filho à mãe moribunda, que lhe pede que saia em busca do pai, Pedro Páramo, um malvado lendário e assassino. Juan Preciado, o filho, não encontra pessoas, mas defuntos repletos de memórias, que lhe falam da crueldade implacável do pai. Vergonha é o que Juan sente. Alegoricamente, é o México ferido que grita suas chagas e suas revoluções, por meio de uma aldeia seca e vazia onde apenas os mortos sobrevivem para narrar os horrores da história. O realismo fantástico como hoje se conhece não teria existido sem Pedro Páramo; é dessa fonte que beberam o colombiano Gabriel Garcia Márquez e o peruano Mario Vargas Llosa, que também narram odisseias latino-americanas.

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